Firmas

No estoy muy inspirado. Tengo gripe, un poco de moquera, y unas ganas locas de irme a la cama. Pero no podía irme a la cama sin completar este post. Hoy salí por Madrid en busca de historias. Estuve en el barrio de Lavapiés compartiendo la mañana con la gente de “Esto es una plaza”. Hablamos de zonas verdes urbanas, de lo gratificante que resulta tener un huerto ecológico al lado de tu casa y del trabajo en comunidad. Pepe, uno de los vecinos con los que hablé, me dijo: “Esta es la muestra de que no hay que esperar a que nos den todo hecho”. Una filosofía a tener en cuenta.

Terminado mi trabajo en el solar, regresé a casa en el bus número 41 -ese que nunca pasa cuando lo necesitas. Sentí que el virus despertaba y me acomodé en el último asiento. Con un taguito en los auriculares -como no podía ser de otra forma- me paré a pensar en mis cosas. En la última semana mi vida ha dado un vuelco más o menos inesperado y mi fase de reflexión necesita momentos de aislamiento como el trayecto de un autobús. En medio de aquel instante personal me fijé en las ventanas del camión -como dirían los amigos mexicanos- y descubrí una firma, un grafiti mal hecho. Le di la importancia justa para sacarle una foto. La luz era bonita y llevaba la cámara a mano. Luego pasé la tarde en Sol, a pesar de mi enfermedad, y cuando volví a casa descubrí que la plaza de Príncipe Pío estaba regada de firmas. Todas con ese estilo “grunge” que ahora te puedes descargar en modo “brush” para el photoshop. Recordé un documental que vi estando en Nueva York sobre el origen de los grafiteros.

Los grafitis llevan toda la vida entre nosotros, y casi siempre han sido perseguidos como un acto de bandalismo. En este documental -del que no recuerdo el nombre- explicaban que esas firmas que empezaron a aparecer en los vagones del metro a mediados de los años 20, surgían como una necesidad de los jóvenes de los suburbios para hacerse ver; un grito desesperado de comunicación. ESTAMOS VIVOS era su mensaje. Eran firmas sucias, sin ningún rigor artístico; etiquetas que deseaban ser vistas. El ayuntamiento se esforzaba en eliminarlas, pero siempre volvían a aparecer. Hoy, el metro de Nueva York, y la ciudad entera, está plagado de ellas. Hace parte de su esencia.

He pasado mil veces por Príncipe Pío, y nunca me había detenido a mirar esos gritos. Este post es un pequeño y simple homenaje a esos anónimos que sienten la necesidad de darse a conocer. No los conozco, y puede que nunca lo haga, pero en una sociedad cada vez más anónima, en la que debemos convertirnos en números de la seguridad social para existir, entiendo vuestro clamor desesperado, y quién sabe! tal vez algún día se crucen con mi firma en las paredes.

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MA3

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